Como sucediera ya en otras coyunturas críticas, los tiempos políticos argentinos se han acelerado. Ello explica que las elecciones del 28 de junio parezcan haber tenido lugar en un lejano e indefinido pasado. Como si ellas hubieran soltado el resorte de un proceso de cambio por demasiado tiempo contenido, por aquellos que pretendían evitar lo inevitable, y desde entonces los acontecimientos se estén sucediendo en cámara rápida a nuestro alrededor, sometiéndonos a un vértigo en que el recuerdo mismo de lo que era la política argentina hasta hace muy poco abruptamente se disipase.
Por obra de esta aceleración, podría parecer poco relevante para nuestro presente y nuestro futuro preguntarse que fue el kirchnerismo y por qué terminó como terminó. La invitación a “mirar para adelante”, porque a la velocidad que vamos bien podemos terminar desbarrancándonos suena razonable. OK, hagámoslo. Pero mientras tanto dediquemos alguna atención al menos a lo que ha sucedido en los últimos seis años, porque de otro modo es probable que el pasado que creemos estar sepultando nos vuelva a encontrar en la próxima curva del camino.
El kirchnerismo fue un fenómeno nacido de la crisis de 2001 y de la marcada debilidad política resultante, que afectó a todas las instituciones y todos los actores. El liderazgo K consistió ante todo en una eficaz táctica de recomposición del poder presidencial en esa coyuntura, que se sostuvo en dos recursos, el primero, un eficaz programa económico, en verdad ya en marcha cuando Kirchner llegó al poder, que él recibió llave en mano, y que le permitió implementar medidas de reparación social a través de la distribución de recursos fiscales y la generación de empleo; y el segundo, un ambicioso proyecto de recomposición del campo político.
Las promesas de reparación económica y social se cumplieron en cierta medida, pero en tanto no se dio paso a una política más sostenible a medida que la crisis quedó atrás, y no se innovó en los instrumentos de la política económica y fiscal, estos comenzaron a generar sus propias dificultades. Uno de los grandes problemas de la gestión kirchnerista de la economía fue que se mostró incapaz de aprovechar los recursos que su predecesor puso en sus manos y las circunstancias favorables que le tocaron en suerte agigantaron para pasar de una gestión que maximizaba en lo inmediato el crecimiento, a una política de reformas que lo hiciera sostenible y le proveyera bases más sólidas. Cuanto más, se plantearon puntuales contrarreformas respecto a lo que se había hecho en los noventa, restauradoras o reparadoras de derechos e intereses no siempre consistentes entre sí, y casi nunca justificadas. De ello no podía resultar nada parecido a un sistema de reglas económicas y fiscales modernas e imparciales, capaz de sostener de modo prolongado el desarrollo. La fórmula de salida de la crisis de la Convertibilidad, por naturaleza de eficacia transitoria, terminó concibiéndose como fuente de legitimación de ese “modelo”, y lo que resultó fue un recalentamiento cada vez más agudo de la actividad económica, distorsiones en los mercados y los precios, y un desbarajuste final que combina recesión e inflación. En particular, el haber reintroducido una inflación crónica en un país que luchó durante cuarenta años para desterrarla será uno de los saldos imperdonables de esa política de prebendas y crecimiento a toda costa.
Si la política kirchnerista, que se presentó como progresista y transformadora, no instrumentó reformas en la economía, las políticas sociales, la educación, el sistema impositivo, en suma, si no hizo más que apretar el acelerador, “reparar”, “restaurar” y conservar, fue en parte porque su poder dependió de la concentración de recursos y decisiones resultante de la crisis y de la fórmula de salida de ella: para ilustrar el punto, una reforma impositiva dirigida a hacer menos regresiva la recaudación y más eficiente el gasto en las provincias hubiera obligado a sacrificar parte de la masa de recursos de libre disponibilidad en manos del Ejecutivo Nacional, por lo que se entiende no fuera una prioridad. Pero también esto se explica porque desde un comienzo el kirchnerismo priorizó cambios en otros terrenos, fundamentalmente el de los alineamientos políticos. A la relativa indiferencia hacia las políticas públicas le correspondió una fuerte vocación por redefinir las identidades y conflictos políticos. El cambio “epocal” que los Kirchner anunciaron como núcleo de su “proyecto de país”, debía tener prioridad, pues era la clave para, luego, poder hacer mejores políticas públicas. Volviendo al ejemplo del sistema impositivo y fiscal, si no hubo reforma allí fue porque hacía falta concentrar recursos para quebrar lealtades heredadas, crear otras, y fundar un “nuevo orden político”.
En esencia este proyecto de cambio político consistió en una recreación del “movimiento nacional”, en torno al que seguía siendo su núcleo dinámico, el peronismo, en los términos muy a la moda en algunos países de la región, de una tajante contraposición entre izquierda y derecha. Rescatar al peronismo (no necesariamente al PJ) de la colonización que había sufrido en los años noventa a manos de la derecha neoliberal, sería el primer paso para redefinir a todas las fuerzas políticas dl país, a las que se suponía afectadas por ese mismo virus y disponibles gracias a la crisis de representatividad de 2001 a una iniciativa refundacional. Ingentes recursos políticos y fiscales se invirtieron para seducir a las clases medias “progresistas”, a los frepasistas, los radicales y los socialistas con esta idea; y sobre todo para que los caudillos sindicales y territoriales del peronismo se convencieran de sus ventajas para dejar en el olvido la “seducción neoliberal”, o al menos se acomodaran dócilmente a avalar esa vuelta de página. Durante una primera etapa, aquella en que los Kirchner encontraron su musa inspiradora en la tertulia amena con Torcuato Di Tella, Carlos Álvarez y José Pablo Feimann, esta reinvención izquierdista del peronismo se concibió en un equilibrio entre la socialdemocracia chilena y la tradición populista nacional. La fuerza de las cosas llevaría progresivamente a abandonar esta versión, y abrazar sin ambages la que era y es su matriz ideológica primigenia, la de un populismo radical que expresan de modo prístino los alegatos de Carta Abierta y las fórmulas algo más sofisticadas de pensadores como Ernesto Laclau y José Nun. Según ellas, Argentina, igual que Bolivia, Venezuela, Ecuador (ahora también Honduras), enfrentan un solo y fundamental conflicto, el que opone al pueblo y la oligarquía; en dicho conflicto las reglas institucionales no pueden ser obstáculo para que el pueblo exprese su voluntad y defienda sus intereses, de manera que la democracia debe defenderse de la república, la división de poderes y demás excusas meramente formales a que apela “la derecha”.
Afortunadamente, ni los Kirchner lograron seducir con esta idea a todos los que identificaron como miembros potenciales de su recreado “campo popular” (ni Alfonsín, ni Binner, ni Stolbizer, ni siquiera toda la CTA ni la Federación Agraria se acomodaron a su visión de las cosas), ni los ciudadanos y grupos de interés en general se comportaron siguiendo una lógica excluyente y unificada de conflicto entre el pueblo y sus enemigos, entre el bien y el mal. Pero lamentablemente esto no ha sido suficiente para que aquellos modificaran su hoja de ruta: la reacción del ex presidente ante la derrota del 28 de junio, su renuncia al PJ y su decisión de abrazarse a la transversalidad y a Carta Abierta, revelan la persistencia de esa apuesta, al menos en su ánimo. Habrá que ver si el gobierno de su mujer puede sobrellevar la inevitable consecuencia de esa terquedad, el extravío de todos sus respaldos justicialistas y su definitivo y enajenado aislamiento de la sociedad.
Ailen: Muy buena tu iniciativa! Esperamos encontrarte en el Congreso de Ciencia Política de SAAP, donde tendremos un stand de la Agrupación Politólogos de Santa Fe.
ResponderEliminarAilen: Muy bueno tu análisis. Pero debías de haberlo titulado "Qué es el K...", porque aún como minoría dentro del PJ, creo que K. seguirá dando que hablar. En la última entrada de mi blog (www.politicamasalgomas.blogspot.com) titulada "Sin el pan y sin la torta", analizo los riesgos que tiene Kirchner al orientarse, según parece, nuevamente hacia la transversalismo.
ResponderEliminarmuy tranquila su propuesta eso esta bueno....
ResponderEliminarescribe bien si un día quiere pasar por nuestro humilde blog y dejarnos algún comentario le agradeceremos.
También si quiere unirse será bienvenida...
www.lamoscadeatenas.blogspot.com
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