sábado, 22 de agosto de 2009
La obsesión K por los medios y sus antecedentes con Perón y Menem
Dijo Perón: “El proceso de captación de la masa, si uno fuera a tomar uno por uno, es inalcanzable. Es algo así como el que quiere terminar con las hormigas agarrándolas una por una y tirándolas al fuego. Hay un procedimiento mucho más eficaz que los hombres olvidan, que es el de tomar la masa en grandes sectores. Los políticos nunca habían utilizado la radio para su acción (…). Imagínense lo que significa la utilización de los medios técnicos en la política, cosa que no habían hecho mis antecesores. Por eso me fue posible, el día anterior a las elecciones, dar una orden que al día siguiente todos cumplieron. Fue así como ganamos las elecciones.” Así relataba el General, a comienzos de la década del 50, la batalla que le aseguró el poder. El peronismo es un produc to de l a cultura de masas, y ésta una resultante del desarrollo tecnológico de los medios de comunicación. Por eso, Néstor Kirchner aparece hoy ante los ojos peronistas como un ganador de la política nacional a pesar de haber perdido en las urnas.
Primero los medios, después las urnas y por último los ciudadanos. Por eso Kirchner analizó que su derrota electoral se la debía principalmente a Clarín. Y por eso no perdió tiempo descifrando el mensaje de las urnas: mientras sus empleados distraían a la oposición presuntamente triunfante en mesas de diálogo, él operaba su golpe más audaz contra la Matrix de la opinión pública. El cable sin fútbol no es un negocio seguro, y Clarín sin “los cables” es apenas un diario influyente y rentable. Si a lo que le queda al Grupo además se le retira la pauta oficial, para –como avisó Cristina en el festín de Ezeiza– “reorientarla” hacia otros medios de la competencia, el reinado de Clarín tambalea, justo en un momento de turbulencia interna (por el proceso de recambio generacional que debe encarar la empresa en toda su conducción estratégica), y en un contexto regional de revolución tecnológica de consecuencias impredecibles para el negocio de la información y el entretenimiento Este escenario explica el clima de euforia que embriagaba a los kirchneristas asistentes al acto de traspaso del fútbol televisado.
La obsesión de los Kirchner con los medios de comunicación no sólo surge de la doctrina de Perón. También aprendieron de la experiencia de Carlos Menem: todavía hoy se escucha a algunos posmenemistas maliciar contra la “alta traición” del Grupo Clarín, a quien creen haberle hecho el favor de convertirlo en un multimedio sin rival, para luego sufrir la puñalada de una campaña sistemática de estigmatización de la era menemista. Así llegamos a un momento en que la clase política argentina desconfía profundamente de la prensa, la radio, la tevé e internet, al mismo tiempo que sus principales caudillos dedican buena parte de su tiempo y dinero a erigirse como magnates de los odiados medios de comunicación. Y en este punto aplica el dilema del huevo y la gallina: ¿los políticos quieren comprar medios porque temen su poder letal o los medios se volvieron armas letales precisamente en manos de los operadores de la política? Como muchas preguntas teóricas, ya es tarde para responderla, o al menos es tarde para que su respuesta cambie el estado de las cosas. Lo sabe muy bien Kirchner, que es un Homo pragmaticus disfrazado –como buen pragmático– de Homo ideologicus.
El tonificante massmediático que acaba de administrarse Kirchner le devolvió la fuerza para soñar a lo grande en el 2011. La duda es si daría la pelea dentro del peronismo o por afuera, pero en todo caso es la misma duda que tienen hoy todos los presidenciables: Cobos coquetea en la cornisa de la UCR, igual que Lilita Carrió. Lo mismo debaten las facciones internas del PROperonismo. ¿Se reconstruirá algo parecido a un bipartidismo o se profundizará esta onda larga de atomización de la oferta electoral? En parte depende de los tiempos de la política, que estarán marcados por los vaivenes de la estabilidad institucional. Por ahora, Kirchner parece haberse recuperado del cachetazo electoral, mientras que los espacios opositores verifican que la buena performance en las urnas no les garantiza cohesión interna, sino más bien al revés, a juzgar por la balcanización del antioficialismo y su dramática incapacidad para apropiarse de la agenda pública. Es cierto que sigue vigente la paradoja K, que dice que a más hegemonía, más poder autodestructivo: el kirchnerismo también ha demostrado –como la oposición– su habilidad para malograr un panorama favorable. Así que es posible que, si la oposición no encuentra un liderazgo aglutinador con fuerza para contrapesar a Kirchner, el propio Néstor se enrede en un laberinto de soberbia que lo haga chocar contra la pared, y ese muro está formado por la sociedad civil, llámese Villa 31, militancia ruralista, ligas de consumidores de energía hogareña impagable, fieles católicos escandalizados con las cifras del hambre, etc. El problema es que, mientras tanto, el sector privado teme que no haya nadie que se le pueda plantar a Kirchner cada vez que interviene en el mercado con recursos estatales. Por eso impactó tanto la semana chistosa del Lole Reutemann, quien prácticamente se bajó –por enésima vez– del podio de los presidenciables. Y si la oposición no produce algún emergente que defienda con firmeza los intereses privados mientras dure la iniciativa K, entonces es posible que los empresarios que en los últimos tiempos se animaron tibiamente a diferenciarse del Gobierno vuelvan temerosos a protegerse bajo el ala oficial, lo cual fortalecerá más esta resurrección kirchnerista.
Entonces sólo quedará, como ya es costumbre en la democracia argentina, la presión del periodismo contra los actos polémicos del Gobierno. Aunque incluso eso está puesto en duda por estos días. Por ejemplo, en el macrismo acusaron recibo de la lluvia de críticas por la elección del Fino Palacios para comandar la policía porteña. Pero en un segundo análisis, se permitieron dudar de la opinión pública reflejada en los medios de comunicación, y mandaron a medir estadísticamente la valoración de los votantes PRO acerca de la figura del Fino Palacios: dicen que el resultado fue nulo. Casi nadie sabía quién era cuando los encuestadores sondeaban la opinión sobre el personaje. La conclusión que sacaron es que no debían preocuparse tanto por los títulos de los diarios, hasta que el flamante jefe policial comenzara a mostrar los primeros resultados concretos de su gestión. “Hechos, no palabras”, sería la traducción más simple.
Kirchner predica la misma lógica, que hoy es moda en la política: los medios mienten. ¿Será por eso que se los quiere comprar?
viernes, 7 de agosto de 2009
Miserias Políticas
Ahora,¿Está es la Argentina que queremos?
jueves, 6 de agosto de 2009
LA HORMIGUITA Y EL PINGüINO
jueves, 30 de julio de 2009
LA CRISIS DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS AVANZA SOBRE LAS INSTITUCIONES ARGENTINAS 2003
No es esta la causa única de la crisis política, pero sí la principal. Fueron 14 meses de parálisis y caída al vacío. El conflicto de identidad del gobernante Frepaso que motivó el retiro de la vida política de sus líderes y fundadores, la consiguiente ruptura de la coalición de gobierno, la ulterior crisis del radicalismo que dejó de apoyar a su propio Presidente y terminó por convertirse en una oposición activa, y finalmente la renuncia de Fernando De la Rúa en un contexto de caos económico y social, describen una crisis de proporciones inéditas. Muy pocas veces, en la historia de partidos y gobiernos en el mundo contemporáneo, vamos a encontrarnos con un caso semejante en materia de destrucción política y disolución del poder.
Como esta crisis se produce cuando la UCR y el Frepaso estaban en el gobierno, su impacto sobre la gobernabilidad fue enorme, abriendo las puertas a una crisis político-institucional que fue probablemente la más grave de la historia argentina.
Pero el deterioro que provoca la virtual desaparición de estas fuerzas políticas no se reduce a la caída de De la Rúa. Continúa aún hoy y sus efectos siguen presentes.
Con vistas a las próximas elecciones, el principal resultado de esta ausencia es que el peronismo se transforma en el partido hegemónico de la Argentina. La competencia por el poder, que antes se daba entre dos o más partidos en elecciones democráticas, ahora se traslada al interior del partido hegemónico. Ya que es altamente probable que del peronismo surja el próximo Presidente, la batalla más importante es la que se libra por su liderazgo.
Este hecho explica en gran parte la división electoral del peronismo en tres aspirantes a la Presidencia, y la creciente diferenciación ideológica entre ellos, ya que de haber un gran partido no peronista participando en la disputa por el poder, es más probable que el PJ hubiera dirimido su interna y presentado una única opción.
La crisis que vive el peronismo es, por lo tanto, una consecuencia de la crisis del sistema de partidos que se produce con la desaparición de la Alianza: la división electoral es un lujo que puede darse ante la ausencia de competidores fuertes. Pareciera que la división lo debilita, pero también es cierto que desde otro ángulo lo beneficia. De haber un solo candidato peronista, esto hubiera producido el crecimiento del no-peronismo (Carrió, López Murphy) por la polarización.
Hoy también otro riesgo se cierne sobre las instituciones como consecuencia de la crisis del sistema de partidos: la inestabilidad del sistema electoral. La incertidumbre sobre la fecha de las elecciones presidenciales -que ya ha cambiado varias veces, y no pocos temen que podría volver a hacerlo-, la dispersión de los calendarios electorales provinciales, las manipulaciones en las internas de los partidos históricos y la probabilidad -hoy baja pero no nula- de que se cambie el régimen para la elección del Presidente en función del próximo comicio, son las tensiones que muestran el frágil equilibrio en que se encuentra el conjunto de reglas que conforman el sistema electoral argentino.
Los más optimistas sostienen que, considerando el estado crítico en que se encuentra el sistema de partidos, el hecho que el sistema electoral se encuentre en tensión y no en explosión es casi un milagro. Queda sólo un partido en Argentina. Y uno que, como reconocen propios y ajenos, desde 1949 no se ha caracterizado por el respeto consagrado a la institucionalidad electoral. Las cosas, dicen, podrían ser peores.
Para comprender lo que dicen los optimistas, y el riesgo general del que hablamos, hay que revisar la historia comparada. Es que en los países de partido hegemónico o único, el sistema electoral como tal no existe. Hay un conjunto de reglas y mecanismos más o menos estables según el caso, pero que fácilmente pueden cambiar para adaptarse a las necesidades de su beneficiario. En democracias jóvenes como la nuestra, el sistema electoral no se sostiene por la tradición de la ley sino por el equilibrio de las fuerzas políticas.
Lo que pasa es que en una democracia, los partidos, las instituciones políticas y las reglas electorales forman equilibrios. Y cuando uno de estos ejes comienza a fallar, tiene repercusiones en la salud general del sistema. En Argentina, el colapso de la Alianza hirió gravemente la gobernabilidad y dio lugar a una inédita crisis institucional. Cinco presidentes en dos semanas, la distorsión de los poderes nacionales que implicó la "liga de gobernadores" y la ruptura de los contratos económicos, son algunos de los resultados de la misma. Con la crisis de partidos e instituciones, las reglas electorales son la última reserva.
Ahora, en 2003, lo peor de esta crisis institucional pudo haber pasado, pero las causas de la misma siguen vigentes. Las reglas electorales, cada vez más impredecibles, sufren ahora el riesgo de la crisis política que avanza sobre las instituciones. Hasta que el meollo de la crisis, que son los partidos políticos, no encuentre su camino de solución, todo indica que el deterioro seguirá avanzando.
Julio Burdman es Director de Investigaciones del Centro de Estudios Nueva Mayoría y Director del Observatorio Electoral Latinoamericano
lunes, 27 de julio de 2009
¿Qué fue el kirchnerismo?
Como sucediera ya en otras coyunturas críticas, los tiempos políticos argentinos se han acelerado. Ello explica que las elecciones del 28 de junio parezcan haber tenido lugar en un lejano e indefinido pasado. Como si ellas hubieran soltado el resorte de un proceso de cambio por demasiado tiempo contenido, por aquellos que pretendían evitar lo inevitable, y desde entonces los acontecimientos se estén sucediendo en cámara rápida a nuestro alrededor, sometiéndonos a un vértigo en que el recuerdo mismo de lo que era la política argentina hasta hace muy poco abruptamente se disipase.
Por obra de esta aceleración, podría parecer poco relevante para nuestro presente y nuestro futuro preguntarse que fue el kirchnerismo y por qué terminó como terminó. La invitación a “mirar para adelante”, porque a la velocidad que vamos bien podemos terminar desbarrancándonos suena razonable. OK, hagámoslo. Pero mientras tanto dediquemos alguna atención al menos a lo que ha sucedido en los últimos seis años, porque de otro modo es probable que el pasado que creemos estar sepultando nos vuelva a encontrar en la próxima curva del camino.
El kirchnerismo fue un fenómeno nacido de la crisis de 2001 y de la marcada debilidad política resultante, que afectó a todas las instituciones y todos los actores. El liderazgo K consistió ante todo en una eficaz táctica de recomposición del poder presidencial en esa coyuntura, que se sostuvo en dos recursos, el primero, un eficaz programa económico, en verdad ya en marcha cuando Kirchner llegó al poder, que él recibió llave en mano, y que le permitió implementar medidas de reparación social a través de la distribución de recursos fiscales y la generación de empleo; y el segundo, un ambicioso proyecto de recomposición del campo político.
Las promesas de reparación económica y social se cumplieron en cierta medida, pero en tanto no se dio paso a una política más sostenible a medida que la crisis quedó atrás, y no se innovó en los instrumentos de la política económica y fiscal, estos comenzaron a generar sus propias dificultades. Uno de los grandes problemas de la gestión kirchnerista de la economía fue que se mostró incapaz de aprovechar los recursos que su predecesor puso en sus manos y las circunstancias favorables que le tocaron en suerte agigantaron para pasar de una gestión que maximizaba en lo inmediato el crecimiento, a una política de reformas que lo hiciera sostenible y le proveyera bases más sólidas. Cuanto más, se plantearon puntuales contrarreformas respecto a lo que se había hecho en los noventa, restauradoras o reparadoras de derechos e intereses no siempre consistentes entre sí, y casi nunca justificadas. De ello no podía resultar nada parecido a un sistema de reglas económicas y fiscales modernas e imparciales, capaz de sostener de modo prolongado el desarrollo. La fórmula de salida de la crisis de la Convertibilidad, por naturaleza de eficacia transitoria, terminó concibiéndose como fuente de legitimación de ese “modelo”, y lo que resultó fue un recalentamiento cada vez más agudo de la actividad económica, distorsiones en los mercados y los precios, y un desbarajuste final que combina recesión e inflación. En particular, el haber reintroducido una inflación crónica en un país que luchó durante cuarenta años para desterrarla será uno de los saldos imperdonables de esa política de prebendas y crecimiento a toda costa.
Si la política kirchnerista, que se presentó como progresista y transformadora, no instrumentó reformas en la economía, las políticas sociales, la educación, el sistema impositivo, en suma, si no hizo más que apretar el acelerador, “reparar”, “restaurar” y conservar, fue en parte porque su poder dependió de la concentración de recursos y decisiones resultante de la crisis y de la fórmula de salida de ella: para ilustrar el punto, una reforma impositiva dirigida a hacer menos regresiva la recaudación y más eficiente el gasto en las provincias hubiera obligado a sacrificar parte de la masa de recursos de libre disponibilidad en manos del Ejecutivo Nacional, por lo que se entiende no fuera una prioridad. Pero también esto se explica porque desde un comienzo el kirchnerismo priorizó cambios en otros terrenos, fundamentalmente el de los alineamientos políticos. A la relativa indiferencia hacia las políticas públicas le correspondió una fuerte vocación por redefinir las identidades y conflictos políticos. El cambio “epocal” que los Kirchner anunciaron como núcleo de su “proyecto de país”, debía tener prioridad, pues era la clave para, luego, poder hacer mejores políticas públicas. Volviendo al ejemplo del sistema impositivo y fiscal, si no hubo reforma allí fue porque hacía falta concentrar recursos para quebrar lealtades heredadas, crear otras, y fundar un “nuevo orden político”.
En esencia este proyecto de cambio político consistió en una recreación del “movimiento nacional”, en torno al que seguía siendo su núcleo dinámico, el peronismo, en los términos muy a la moda en algunos países de la región, de una tajante contraposición entre izquierda y derecha. Rescatar al peronismo (no necesariamente al PJ) de la colonización que había sufrido en los años noventa a manos de la derecha neoliberal, sería el primer paso para redefinir a todas las fuerzas políticas dl país, a las que se suponía afectadas por ese mismo virus y disponibles gracias a la crisis de representatividad de 2001 a una iniciativa refundacional. Ingentes recursos políticos y fiscales se invirtieron para seducir a las clases medias “progresistas”, a los frepasistas, los radicales y los socialistas con esta idea; y sobre todo para que los caudillos sindicales y territoriales del peronismo se convencieran de sus ventajas para dejar en el olvido la “seducción neoliberal”, o al menos se acomodaran dócilmente a avalar esa vuelta de página. Durante una primera etapa, aquella en que los Kirchner encontraron su musa inspiradora en la tertulia amena con Torcuato Di Tella, Carlos Álvarez y José Pablo Feimann, esta reinvención izquierdista del peronismo se concibió en un equilibrio entre la socialdemocracia chilena y la tradición populista nacional. La fuerza de las cosas llevaría progresivamente a abandonar esta versión, y abrazar sin ambages la que era y es su matriz ideológica primigenia, la de un populismo radical que expresan de modo prístino los alegatos de Carta Abierta y las fórmulas algo más sofisticadas de pensadores como Ernesto Laclau y José Nun. Según ellas, Argentina, igual que Bolivia, Venezuela, Ecuador (ahora también Honduras), enfrentan un solo y fundamental conflicto, el que opone al pueblo y la oligarquía; en dicho conflicto las reglas institucionales no pueden ser obstáculo para que el pueblo exprese su voluntad y defienda sus intereses, de manera que la democracia debe defenderse de la república, la división de poderes y demás excusas meramente formales a que apela “la derecha”.
Afortunadamente, ni los Kirchner lograron seducir con esta idea a todos los que identificaron como miembros potenciales de su recreado “campo popular” (ni Alfonsín, ni Binner, ni Stolbizer, ni siquiera toda la CTA ni la Federación Agraria se acomodaron a su visión de las cosas), ni los ciudadanos y grupos de interés en general se comportaron siguiendo una lógica excluyente y unificada de conflicto entre el pueblo y sus enemigos, entre el bien y el mal. Pero lamentablemente esto no ha sido suficiente para que aquellos modificaran su hoja de ruta: la reacción del ex presidente ante la derrota del 28 de junio, su renuncia al PJ y su decisión de abrazarse a la transversalidad y a Carta Abierta, revelan la persistencia de esa apuesta, al menos en su ánimo. Habrá que ver si el gobierno de su mujer puede sobrellevar la inevitable consecuencia de esa terquedad, el extravío de todos sus respaldos justicialistas y su definitivo y enajenado aislamiento de la sociedad.
domingo, 26 de julio de 2009
Intensiones del Blog
Mostraré a los partidos políticos actuales (2009) con crítica y objetividad.